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Pontificia Unión Misional

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pablomannaEl P. Paolo Manna, fundador de la Unión Misional

El P. Paolo Manna “cuyo nombre debería figurar con letras de oro en los anales de la misión” (Pablo VI) era, ante todo, un misionero. Quería ser misionero y sólo misionero.

Nacido en Avellino (Italia) el 16 de enero 1872, entró en 1891, a la edad de 19 años, en el Instituto de Misiones Extranjeras de Milán. Ordenado sacerdote en 1894, fue enviado a Birmania oriental. Esta primera misión durará 12 años (1895-1907), de los que pasó en Asia solamente ocho, a causa de su frágil salud que le obligó a volver tres veces a Italia y a quedarse por fin allí definitivamente. Este fue el comienzo de su segunda misión.

“En lugar de convertirse en un misionero frustrado que quiere ser útil en su país, fue elegido por la Providencia para ser el animador de un gran movimiento misionero. Se entregará a él en cuerpo y alma para alentar a los creyentes a ocuparse de la evangelización de los increyentes” (Decreto sobre la heroicidad de sus virtudes).

Fue un animador excepcional gracias a su pluma. Durante cuarenta años y hasta su muerte cumplió su vocación y su misión de escritor y periodista. En 1909 publica su libro Operarii autem pavtci, en el que revela su temperamento de fuego. Renueva la revista Le Missioni Cattoiiche y crea otras tres: Propaganda Missionaria, Italia Missionaria y Venga il tuo Regno. Su último libro: Le nostre Chiese e la propagazione del Vangelo es citado en la Encíclica Redemptoris Missio (RM 84).

La Unión Misional del Clero, su principal contribución a la cooperación misionera, fue el fruto de su propia experiencia y de su carisma de animador misionero. Inspirado por el Espíritu, no tenía más que una preocupación: la concientización misionera del clero. Gracias al apoyo que le brindó el obispo Mons. Guido Maria Conforti, fundador de los Misioneros Javerianos, animado también él por un gran celo misionero, esta preocupación dio origen a un proyecto concreto: la fundación de una Unión Misional para el Clero. Conforti lo presentó al Papa Benedicto XV que aprobó la nueva asociación el 31 de octubre 1916.

En 1924 el P. Manna es Superior General de su Instituto misionero. A finales del año 1927 emprende un largo viaje por Asia y América para visitar a sus misioneros. Deja escritas sus impresiones y reflexiones en un periódico voluminoso que será publicado cincuenta años después, en 1977, con el título Osservazioni sul metodo moderno di evangelizzazione. En esta obra intuía ya las necesidades más urgentes que tendría que afrontar una Iglesia misionera. Sus observaciones se anticiparon en no pocos temas a la doctrina y a las directivas del Vaticano II tal y como quedaron definitivamente redactadas en los documentos Ad Gentes, Unitatis Redintegratio y Nostra Aetate.

Terminada su misión de Superior General, el P. Manna se estableció en Ducenta. Aceptó la responsabilidad del seminario diocesano de su Instituto, el PIME, viendo así cumplido uno de sus sueños más acariciados.

En el segundo Congreso Internacional de la Unión Misional en 1936, el P. Manna propone la fundación de un Secretariado Internacional para la Unión. Fue creado en 1937 por Propaganda, que invitó al P. Manna a ser su primer Secretario general. Renunció en 1941 para instalarse definitivamente en Ducenta. Durante estos cinco años había trabajado en pro del desarrollo de la Unión con la energía que le era habitual. Había descrito su finalidad y su espíritu en numerosos artículos y estudios, entre los cuales merecen especial mención Il problema missionario e i sacerdoti (1938), e Ifratelli separati e noi (1941), en los que explica la existencia de un estrecho vínculo entre el ecumenismo y la actividad misionera eficaz.

El último mensaje misionero del P. Manna, como primer superior de la nueva circunscripción meridional del PIME, a los obispos tenía un título significativo: Le nostre Chiese e la propagazione del Vangelo (Nuestras Iglesias y la propagación del Evangelio) (1952). El P. Mauna moría en Nápoles el 15 de septiembre 1952.

La figura del fundador de la Pontificia Unión Misional está resumida en unas palabras sacadas del Decreto sobre la heroicidad de sus virtudes: “Fue un hombre cuyo temperamento de fuego quería cumplir la exclamación de San Pablo: ‘Que él reine’ (1Co 15,25). Persuadido de que la salvación de las almas es la ley suprema y que toda la Iglesia tiene que comprometerse en el servicio de todos los hombres, el P. Manna fue, con su palabra y con sus actos, uno de los grandes instigadores de la renovación misionera de los tiempos modernos”.

Esto explica la veneración que se tributa a este Siervo de Dios, veneración que alienta aún el gran impulso misionero surgido del Vaticano II del que fue, por sus ideas y trabajos, uno de los grandes precursores.

La Unión Misional

Según el testimonio de Pío XII, la Pontificia Unión Misional fue el llorón de la vida del P. Paolo Manna, fruto e ilustración de sus ideas, de su celo apostólico y de su santidad.

¿Qué móviles profundos impulsaron al P. Manna a fundar una unión misional para los sacerdotes?

Su experiencia y su conocimiento de la misión le habían permitido descubrir:

— que la evangelización misionera estaba perdiendo dinamismo;

— que la causa de esta pérdida de dinamismo había que buscarla en la división de los cristianos y en su ignorancia de la verdadera situación y de la necesidad de la misión, ignorancia cuyo origen estaba en la falta de espíritu misionero y en el precario compromiso de los sacerdotes, que sólo se ocupaban de su propio apostolado. Si se quería dar a la comunidad de creyentes un nuevo impulso misionero, había que reavivar la conciencia misionera del clero.

a) Finalidad y especificidad

Para ello, el P. Manna sugería tres pistas:

  • INFORMAR acerca de la misión universal de la Iglesia. No se desea lo que no se conoce.
  • Suscitar ENTUSIASMO. El fervor, el entusiasmo y el espíritu de sacrificio son indispensables para compren-der y realizar la misión.
  • AGRUPAR fuerzas y esfuerzos, porque el resultado de la cooperación misionera depende del compromiso solidario de todos los que se sienten llamados a partici-par en ella. La promoción de vocaciones misioneras y la unidad de los cristianos serán también expresiones de una actividad misionera eficaz.

El P. Manna insistía en la necesidad de que se unieran todos los sacerdotes con vistas a la cooperación misionera.

“Sacerdotes, unámonos… Llegó el momento de organizarnos en Unión Misional y de poner el dinamismo de nuestro sacerdocio al servicio de la gran obra de la evangelización”.

Digamos, a guisa de conclusión, que el P. Manna estimaba “que la espiritualidad misionera era esencial para todos los sacerdotes que aspiraban a la santidad. Cuando los sacerdotes lleguen a ser conscientes de la urgencia de la misión y de la responsabilidad misionera que les confiere el sacerdocio, verán como algo natural hacer todos los esfuerzos posibles para transmitir a los creyentes que les están encomendados este mismo espíritu misionero.

b) Propagación

La Unión Misional se propagó muy rápidamente en Italia, en Europa y en los demás continentes, gracias al infatigable fervor del P. Manna, transmitido en sus revistas, libros y congresos nacionales e internacionales. El era el alma de la Unión y su principal promotor.

A su muerte, en 1952, la Unión estaba ya implantada en 50 países a través de todo el mundo. Y siguió desarrollándose aún más durante los cuarenta años que siguieron a su muerte. La Pontificia Unión Misional trabaja hoy, como instrumento de sensibilización y de formación misionera, en unos cien países. Podemos decir que está presente en la mayor parte de las Iglesias donde estaban ya implantadas las demás Obras Misionales Pontificias. Debe su fulgor universal al apoyo que siempre le prestaron los Papas mediante sus grandes Encíclicas misioneras: Maximum Illud de Benedicto XV (1919), Rerum Ecclesiae de Pío XI (1926) y Evangelii Praecones de Pío XII (1951), que afirma: “La Unión Misional es como una fuente que riega los campos que las Obras Misionales Pontificias habían sembrado”.
A partir del Concilio Vaticano II y hasta nuestros días, de Juan XXIII hasta Juan Pablo II y su Encíclica Redemptoris Missio, el Magisterio dio siempre prueba del mismo reconocimiento y estima.

c) La Pontificia Unión Misional ampliada a las Congregaciones religiosas

En 1949 Propaganda Fide extendió la Unión Misional a los religiosos y religiosas mediante el decreto Huic Sacro (14 de julio).

Los miembros de las comunidades religiosas podían ser miembros de la Unión Misional en virtud de la dimensión misionera de su vida consagrada. Expresión de esta dimensión es su participación permanente en las actividades misioneras de la Iglesia, como confirmarían el Vaticano II (AG 40) y el magisterio postconciliar de Pablo VI (EN 69) y de Juan Pablo II (RM 69).

Es incontestable que, gracias a su experiencia diversificada en materia de misión, estas comunidades consagradas, cada una según su propio carisma, han enriquecido considerablemente a la Unión Misional. Pero la Unión Misional es al mismo tiempo una gran ayuda para las comunidades religiosas, sobre todo para las que no son específicamente misioneras. Y sigue alimentándolas y sensibilizándolas en el auténtico espíritu misionero.

d) Congresos misioneros internacionales

Entre las importantes iniciativas tomadas por la Unión Misional a lo largo de sus 75 años de existencia, hay que citar los congresos internacionales.

El primero se celebró del 1 al 3 de enero de 1922 en Roma, con ocasión del centenario de la Obra Misionera Pontificia de la Propagación de la Fe. Se votó en él una moción por la que se instituía la enseñanza de la misionología en los seminarios.

El segundo congreso internacional se celebró también en Roma, del 11 al 13 de noviembre de 1936. Se decidió en él la creación de un secretariado internacional, cuya dirección fue confiada al P. Paolo Manna.

El tercer congreso tuvo lugar del 5 al 8 de septiembre de 1950 y propuso el proyecto de creación de la Unión Misional en todos los países. Se invitó a los sacerdotes a celebrar la jornada misionera de los sacerdotes el 3 de diciembre, fiesta de San Francisco Javier, y a tomar a pecho el problema ecuménico.

e) Carta apostólica de Pablo VI: “Graves et Increscentes”

con ocasión del 500 aniversario de la Unión Misional (5 de septiembre de 1966).

En este valioso documento, el Papa Pablo VI presenta con la inteligencia, claridad y equilibrio que le caracterizan la finalidad y peculiaridades de la Unión Misional en la Iglesia postconciliar.

La Unión Misional tiene algo muy específico: “sus miembros adquieren conciencia de la riqueza espiritual que para ellos mismos supone el sacerdocio único, eterno e indivisible de Cristo viviéndolo concretamente”. Y este sacerdocio es esencialmente “misionero”.

Esto significa que, “dado que Cristo es el primer misionero, los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden que recibieron, deberán, a su vez, presentarse como misioneros”.

Existen otras Obras Misionales Pontificias: la Pontificia Obra Misional de la Propagación de la Fe, la Pontificia Obra Misional de San Pedro Apóstol y la Pontificia Obra Misional de la Santa Infancia. Podríamos decir que la Unión Misional es el alma de todas ellas. Su tarea esencial consiste en promoverlas, formando en el espíritu misionero a los pastores y a los animadores de la comunidad cristiana.

f) Celebración del 75° aniversario: Roma, mayo de 1991

El 75° aniversario de la fundación de la Pontificia Unión Misional se celebró en Roma del 6 al 11 de mayo de 1991, con ocasión de la Asamblea General del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias.

Esta celebración abarcaba tres acontecimientos que fueron seguidos por un público numeroso y entusiasta.

Tuvo lugar, en primer lugar, una SESIÓN PASTORAL durante la cual se discutió y se reflexionó sobre la historia y las finalidades de la Unión. Se promulgó durante la misma un mensaje especial y se hicieron algunas propuestas concretas sobre su manera de funcionar.

El segundo acontecimiento fue la MISA PONTIFICAL, presidida por el Santo Padre el 9 de mayo, día de la Ascensión, en la Basílica de San Pedro, con quien concelebraron los directores nacionales, los sacerdotes de las universidades, seminarios y comunidades religiosas internacionales de Roma. Todos juntos representaban el mundo misionero. El Papa Juan Pablo II dijo en su homilía que la Pontificia Unión Misional tenía “como tarea sostener el propósito misionero de la Iglesia entera”. Deberá, pues, tomar especialmente a pecho la formación misionera de los sacerdotes, de los miembros de las comunidades religiosas, de los candidatos al sacerdocio y de todos cuantos desean abrazar la vida consagrada.
El tercer acontecimiento fue la PEREGRINACIÓN a la tumba del Venerable P. Paolo Manna, el día 12 de mayo, en la que tomaron parte cincuenta directores nacionales llegados de todos los continentes así como los miembros de los Secretariados internacionales de las Obras Misionales Pontificias. El tiempo fuerte de esta peregrinación fue la misa concelebrada ante la tumba del fundador de la Unión, en el lugar mismo donde el Papa Juan Pablo II se había arrodillado y había orado unos meses antes.

g) Los Estatutos de la Pontificia Unión Misional

Conforti fue quien presentó a Benedicto XV en 1916 el primer proyecto de Estatutos para la Unión Misional de los sacerdotes, pidiéndole al mismo tiempo la aprobación de la nueva Obra.

El 4 de abril 1926, Propaganda Fide publicaba los Estatutos de la Unión Misional del Clero, y una lista de gracias espirituales concedidas a sus miembros.

Concluida la celebración del segundo congreso internacional, el 14 de abril de 1937, el Cardenal Fumasoni Biondi, Prefecto de Propaganda Fide, hizo llegar los nuevos Estatutos de la Unión a todos los obispos. Estos Estatutos establecen las competencias del Secretariado Internacional y de su Consejo, así como las de sus consejos nacionales y diocesanos. Tratan también de los congresos internacionales. En 1943 se editó un nuevo reglamento relativo al Consejo Internacional de la Unión Misional.

Con el decreto Huic Sacro de Propaganda Fide (1949) se extendió la Unión Misional a las congregaciones religiosas masculinas y femeninas, publicándose asimismo los Estatutos que regulan esta ampliación.

Las enseñanzas y directivas del Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia hicieron necesarios el estudio y la elaboración de nuevos Estatutos para las Obras Misionales Pontificias, que fueron aprobados “ad experimentum” en 1976 por Pablo VI después de amplias consultas. Juan Pablo II los aprobó definitivamente en 1980, pidiendo que se actualizasen cada cinco años. Estos Estatutos describen a las Obras Misionales Pontificias como formando una única institución con cuatro ramas: la Pontificia Obra Misional de la Propagación de la Fe, la Pontifica Obra Misional de San Pedro apóstol, la Pontificia Obra Misional de la Santa Infancia y la Pontificia Unión Misional.

Los Estatutos determinan las finalidades y las actividades de cada una de ellas.

En los Estatutos de 1980, la Pontificia Unión Misional es presentada como la Obra que se dirige “a todos aquellos y aquellas que están llamados a guiar y a animar al Pueblo de Dios” (n.23).

“Para esta información y sensibilización misioneras, la Unión ha de utilizar métodos adaptados… La Unión les ayudará a tomar conciencia de su responsabilidad respecto a la misión universal” (n.24).

“El resultado de la actividad de las otras Obras Misionales Pontificias dependerá, en gran parte, de la vitalidad de la Pontificia Unión Misional” (n.25).

“Dentro de cada dirección nacional, y eventualmente en las direcciones diocesanas, se nombrará un responsable de la Unión, que posea las dotes requeridas” (n.26).